Hay libros cuyo valor no reside en la trama, sino en la sospecha que siembran en el lector. El año de los elfos, de Manuel Ortuño, es uno de ellos. Arranca con la estructura reconocible de una novela de aprendizaje (Bildungsroman) —el traslado del protagonista a M. para un curso preparatorio, el espacio compartido de la residencia—, pero enseguida deriva hacia un terreno infinitamente más ambiguo. Lo fascinante del texto de Ortuño es que no sabes muy bien dónde pisas: ¿estamos ante una fábula de aliento infantil o ante el relato de un hombre adulto que necesita inventarse un reino mágico para no mirar de frente el dolor? Esa magia parece actuar como una alfombra voladora, un artefacto que el narrador despliega sobre sus recuerdos para amortiguar el impacto de la realidad.

El centro de gravedad de la historia es Robin Saturn Helley. Pocas veces se encuentra en la narrativa reciente un personaje tan magnético como perturbador. Robin rebautiza al protagonista con un provocador «Luzbel querido», escribe versos con su propia sangre, se autoproclama Rey de los Elfos y convierte un banco de parque en la sede de su particular imperio. Su nombre sintetiza las claves de la novela: la travesura elusiva de Puck (Robin Goodfellow), el tiempo devorador de Saturno y la trágica electricidad de Percy Shelley.
En la escritura de Ortuño —traductor de Saki y lector voraz— se percibe una genealogía literaria muy clara, pero integrada sin afectación. La influencia de Robin respira el aroma victoriano del Lord Henry de Wilde; la convivencia en la residencia comparte el ambiente febril de Rimbaud y Verlaine, y las cenas a oscuras tras los cortes de luz («velas embutidas en cuellos de botella») guardan una atmósfera casi dickensiana. Cuando los personajes acuden a Whitman, Byron, Salinas o Cernuda, no se siente como un alarde culturalista, sino como la devoción natural de unos jóvenes que han decidido vivir a través de la poesía.
Uno de los aciertos de la obra es cómo maneja el ritmo. La narración se frena por momentos, estirando las escenas al modo de Virginia Woolf en Al faro. El pasaje del grupo bailando bajo la lluvia —«danzamos como diablos bajo el agua, espectros empapados de luz…»— funciona como el eje sobre el que gira todo el libro. El protagonista decide apartarse unos pasos solo para grabar la imagen en su memoria, consciente de que ese instante no volverá. Esa conciencia del deterioro es el núcleo trágico del texto, resumido en la advertencia del propio Robin: «Somos aves de paso, no busques la eternidad donde no puedes encontrarla».

El tono pasa de una sencillez poética rotunda («Yo la besaba a ella, ella me besaba a mí, y la lluvia, nuestro único testigo verdadero, nos besaba a los dos») a un tramo final apoteósico. El desenlace desmonta cualquier atisbo de edulcoramiento y deja al lector a solas con un narrador «más viejo, más sabio y también más triste».
El año de los elfos es una obra dura, hermosa y profundamente honesta sobre el mecanismo del recuerdo y la necesidad de la belleza como refugio. Una novela que demuestra que los elfos tal vez solo sean una metáfora para nombrar lo que fuimos antes de que el tiempo nos pasara por encima. A Manuel Ortuño solo queda decirle: gracias por existir y gracias por seguir escribiendo.
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