Duende y misterio del flamenco (Edgar Neville, 1952)
Acabo de descubrir una joya cinematográfica que me ha dejado sin aliento; una de esas escenas que se graban en la retina y cambian por completo la forma de entender un arte. Sinceramente, no conocía el largometraje Duende y misterio del flamenco (1952), pero el fragmento del martinete en el Tajo de Ronda me ha impactado de una manera profunda. No es solo danza; es un testimonio estético monumental suspendido sobre el vacío. El director Edgar Neville sitúa a Antonio Ruiz Soler «El Bailarín» en la cornisa misma del abismo. Despojado de ornamentos folclóricos gracias a un riguroso vestuario típico flamenco (pantalón negro y camisa roja de lunares), el artista encarna al héroe trágico que mide sus fuerzas contra la inmensisad de la naturaleza. Si agudizamos el oído, se percibe un detalle técnico fascinante: ese sonido hueco tan característico revela que Antonio baila sobre una tarima de madera instalada con astucia sobre los riscos. Esta cámara de aire improvisada funciona como la caja de resonancia de una guitarra gigante, amplificando el golpe para compensar la falta de instrumentos melódicos y protegiendo, a su vez, las articulaciones del maestro ante la brutalidad de la piedra. Al tratarse de un martinete —un cante primitivo y a palo seco, sin guitarra—, el espacio sonoro se convierte en una arquitectura de ritmo puro y voz descarnada. Mientras el lamento de El Pili dicta las sentencias dramáticas a la manera de un coro griego, el zapateado de Antonio asume una función métrica y narrativa equivalente a la rima en el romance castellano. Cada impacto de sus botas es un prodigio de precisión y riqueza tímbrica que culmina en el uso magistral del silencio: paradas en seco donde la inmovilidad resulta tan violenta, elocuente y expresiva como el giro más virtuoso. La riqueza tímbrica que Antonio extrae de sus botas articula el discurso dramático a través de una rigurosa administración de esfuerzo: el escobilleo soterrado, el contrapunto de tacón, los silencios soportados y giros de rodillas o rodilla en tierra, es realmente espectacular Una obra cumbre donde la danza española reclama su madurez.