MANUEL FERNANDO ESTÉVEZ GOYTRE. EDITORIAL BAKER STREET
Abordar la Guerra de la Independencia en la narrativa actual es siempre un terreno resbaladizo; es fácil caer en el mito patriótico o en la simple crónica de batallas. En El estuche de caoba, Manuel Fernando Estévez Goytre esquiva ambos peligros centrando el tiro en la dispersión moral de un hombre corriente. La ocupación napoleónica no es aquí un mero decorado de época, sino la fuerza brutal que rompe en pedazos la vida del protagonista.

El motor dramático de la novela se sostiene sobre una cacería obsesiva. Héctor Martín de la Hoz, capitán de coraceros con sangre española pero uniforme invasor, encarna la traición y el arribismo más descarnado. El Dos de Mayo en Madrid, Félix Ruiz de Gámiz, un modesto impresor, comete el error fatal de presenciar un crimen cometido por el militar. En la confusión del momento, a Félix se le cae una carta dirigida a Pilar Palacios, su amada, que da la casualidad de ser la prometida de Héctor. A partir de ese descuido, el capitán despliega toda la maquinaria del ejército invasor para urdir falsas acusaciones contra el impresor, desatando una persecución implacable que muta en una cuestión de honor y celos enfermizos.
El gran acierto del libro radica en este itinerario forzoso. Félix ya no puede tener un hogar; su supervivencia depende de aprender las reglas de la clandestinidad en una geografía en descomposición. Allá donde va el protagonista, reaparece la sombra de Héctor: primero en el Madrid ocupado, después en una Zaragoza asfixiada por los Sitios —donde reside Pilar y donde la crudeza de la guerra civil golpea con más fuerza—, para continuar luego hacia el sur.
Es precisamente la estancia en Granada la que supone el tramo más magnético de la obra. El Albaicín y la calle San Juan de Dios no aparecen como postales románticas, sino como un laberinto claustrofóbico de conspiraciones silenciosas y redes de espionaje. Es en las calles granadinas donde Félix deja de ser una víctima pasiva para aprender a moverse entre las sombras y esquivar a su perseguidor, una evolución que culmina al encontrarse de nuevo con su enemigo en Málaga y terminar bajando a la Axarquía. Allí, acosado, la novela adopta el realismo más sucio de la guerra de guerrillas bajo las órdenes del Cura de Ríogordo, donde la supervivencia ya exige mancharse las manos de sangre.
Con más de 500 páginas, Estévez Goytre demuestra un manejo impecable de los tiempos y una solidez documental que nunca asfixia la trama. Para redondear el volumen y apuntalar ese viaje entre la realidad y la ficción, el autor ofrece al final de la novela una detallada bibliografía para el lector que quiera profundizar en la época, así como un valioso elenco de personajes —un dramatis personae— que ayuda a no perder el hilo entre las figuras reales y las creadas para la ocasión. Una propuesta notable que destaca por su contención psicológica y por rehuir, afortunadamente, cualquier atisbo de épica barata.
La novela maneja con rigor los diferentes escenarios de la contienda. El episodio de Zaragoza plasma con crudeza el infierno de los Sitios, un hito histórico de resistencia numantina que destruyó por completo el tejido social de la ciudad. Por su parte, la Granada por la que transita Félix refleja fielmente la ocupación del mariscal Sebastiani a partir de 1810: mientras el ejército francés se fortificaba en la Alhambra, el Albaicín y el entorno de San Juan de Dios se convirtieron en el foco de la resistencia pasiva y el contrabando de información. Asimismo, el oficio de impresor del protagonista subraya la persecución que el gobierno de José I ejerció sobre las tipografías civiles para acallar la prensa clandestina. Por último, la aparición de José Antonio Muñoz Sánchez (el Cura de Ríogordo) desmitifica la figura del guerrillero idealizado, mostrando la crudeza real de un conflicto de emboscadas donde la violencia acabó siendo simétrica en ambos bandos.