Mi burla estratosférica

De René Robert, de la aporofobia y de una teta

por Kika Sureda

Amanecimos con la terrible noticia de la muerte del fotógrafo del flamenco, René Robert. Falleció por hipotermia en una calle de París con 84 años. No, no dormía en la calle. Se desplomó en una céntrica calle parisina a las nueve de la noche y allí permaneció, inerte, solo, horrorizado, viendo pasar las angustiosas horas, hasta las seis de la mañana, donde se le acercó un sin techo para auxiliarlo y llamar a las autoridades. René ha sido asesinado por la indiferencia de los transeúntes. Tal vez, los que por allí pasaban creyeron ver a un viejo tirado en el suelo, y pensaron que llevaba una buena cogorza o tal vez iba puesto hasta las cejas de cualquier sustancia obtenida en los soportales parisinos o en algún antro. Nadie se paró a pensar que ese cuerpo trillado por los años estaba allí por accidente y que iba a finiquitar por la omisión de una humanidad poco humana. Me imagino la escena y los comentarios. Hay demasiada gente viviendo en la calle y para los viandantes sería uno más, un número al que no le ponen cara. No había morbo, no era una pelea a navajazos, ni tampoco sangraba a borbotones. Nadie sacó su puto móvil para inmortalizar su agonía porque no interesaba, no había morbazo de ese que pone para subirlo a Instagram, Facebook o Twitter, o si me apuras a Tik Tok. Hace poco bicheando esta última red social estuve a punto de denunciar a una gentuza que se dedicaba a contratar por diez perros euros a una pareja de drogadictos para que les desbrozara el jardín mientras hacía comentarios de mal gusto sobre su estado físico y de salud. Un abuso. Pero igual fui peor que esos humanos deshumanizados que pasaron junto al inerte cuerpo de René y seguramente pensaron que ayudarle podría provocarles problemas: llegar tarde a casa, tener que hacer alguna declaración en comisaria,…rollos de los que pasamos. Si no hay cámaras ante las que hacer declaraciones y obtener un minuto de gloria igual no interesa perder nuestro preciado contaminado tiempo. ¿Qué harían ustedes si en pleno centro ven a un señor mayor tirado en el suelo? ¿Le socorrerían o pasarían de largo pensando que es uno más de los sin techo que llenan los soportales de cartones en los que dormir? A mi esa circunstancia ya se me dio, y pasé de largo dos pasos, miré y vi que todo el mundo desviaba la mirada, volví a socorrer a esa persona que por lo que supe estaba en parada cardiorespiratoria. Llamé a una ambulancia. El resto de transeuntes pasaban de largo. «Estará borracho», decían algunos. Todo esto nos hace pensar, al menos a mí, que vivimos en una sociedad podrida de valores. Si no hay carnaza y sangre no interesa, si no vale para subirlo a las redes sociales y conseguir unos likes, no interesa. Era solo un viejo, pobre, borracho o drogado tirado en el suelo ¿verdad? Con esa aporofobia en la que andamos sumergidos, que apesta, dicho sea de paso. Todo lo que no huela a dinero, nuevas tecnologías, marcas y chorradas superficiales, parece que no interesan. La vida de un ser humano cotiza a la baja; la vida de un ser más indefenso de juventud y fuerza, sea un niño o un anciano, cotiza menos. Apestamos, señores, apestamos y mucho. Vivimos en fotos y vídeos de Instagram y estados de Whatsapp donde tenemos una felicidad imaginaria y un querer aparentar lo que no somos. Y cuando ocurren cosas así se nos ve el cartón de lo que verdaderamente somos: una sociedad vacía de ética, moral y humanidad. Donde no se criminaliza al insultador profesional de las redes o lo que conocemos como hater, pero sí enseñar una teta. Esa maravillosa teta a la que homenajea mi querida Rigoberta Bandini en su canción «¡Ay, mamá!». En sus estribillos reza lo siguiente, tomen nota:

[…]Mamá, mamá, mamá/paremos la ciudad/sacando un pecho fuera al puro estilo Delacroix. […]No sé por qué dan tanto miedo nuestras tetas/ sin ellas no habría humanidad ni habría belleza/y lo sabes bien.

Pues eso, Delacroix retrataría a una sociedad parisina que deja morir a un ser humano en la calle mientras miran a otro lado, importando más que alguna enseñe un pezón en internet o la teta entera. Y yo añadiría que da más miedo una mamella que un insulto. Juzgamos a la ligera por la fachada, nos da pavor la pobreza, lo feo, lo tullido, lo que no es in, lo que no está de moda, no es de marca y no comulga con todas nuestras ideologías sociales, políticas y religiosas. Dejamos morir a otros seres humanos por omisión e indiferencia. Pregunto de nuevo ¿se habrían parado ustedes a socorrer a un señor tirado en la calle o habrían saltado por encima sin importarles?