Sobre De la infidelidad, de Juan Varo Zafra

De jóvenes solemos habitar una intransigencia de piedra. En esa época los límites parecen nítidos, las faltas resultan intolerables y la infidelidad se despacha con un juicio rápido. Pero los años y el mundo corrido acaban por cambiar la mirada; uno termina aceptando que el deseo no atiende a decretos oficiales y que intentar acotarlo es, a fin de cuentas, querer poner puertas al campo. Los antiguos sabían esto de sobra; no les hizo falta nuestra psicología moderna para separar el eros integrador de ese furor ciego que Virgilio dejó en las Geórgicas, o de la mutabilidad que Ovidio radiografió en sus versos. Por eso resulta curioso que el común de los mortales siga obsesionado casi en exclusiva con la aduana del cuerpo, con la traición física. Vivimos obviando que existen deserciones bastante más destructivas: el silencio instalado en la rutina, el desprecio sutil de cada día o el abandono intelectual de quien comparte el techo, pero ya no el pensamiento.

«La situación es sencilla: imaginemos que dos adultos maduros, casados desde hace tiempo con otras personas, deciden tener una relación de carácter sexual. No es algo impulsivo: no se buscaban, pero se han encontrado. Es una decisión consciente y meditada. En principio, no quieren romper sus matrimonios ni iniciar una vida juntos. Solo quieren compartir un poco de intimidad entre el placer físico y el afecto. Las razones pueden ser muchas: atracción, amistad, crisis personal, hartazgo de la vida familiar… La aventura es siempre atractiva. La posibilidad de romper con la convención y las ataduras de la vida cotidiana es tan poderosa como la promesa del placer sexual».

Viene todo esto a cuento de un libro reciente de Juan Varo Zafra, De la infidelidad (Esdrújula Ediciones). En un panorama tan volcado en la fiscalización de la intimidad y la transparencia digital, su propuesta se agradece precisamente por su falta de dramatismo. Varo no juzga ni, a la inversa, edifica una apología del engaño. Lo que hace es apoyarse en su doble condición de jurista y filólogo para despojar el asunto de su envoltorio escandaloso. Es un texto breve, pero de una agudeza fina: cruza las estructuras del derecho con los celos en Proust o la contención estética en el cine de Wong Kar-wai, analizando la tensión clásica entre el pacto conyugal y el carácter imprevisible de la pulsión.

«Alguien podría preguntar: ¿por qué no rompen sus matrimonios y comienzan una relación juntos? Por supuesto podrían romperlos, sucede con frecuencia; pero no sienten necesidad de hacerlo, al menos por el momento. Los motivos para mantener los lazos matrimoniales y familiares son diversos y complejos, forjados durante muchos años, con todas las implicaciones que la vida en común y los hijos conllevan. Los amantes solo quieren estar juntos de vez en cuando, acompañarse como dos personas que se atraen, disfrutan estando juntos y quieren compartir el placer que sus cuerpos pueden dar».

Lo que en manos propensas al academicismo espeso habría sido un tratado infumable, Varo lo resuelve con una brevedad aforística muy depurada. Maneja un bagaje enciclopédico con la elegancia del que no necesita exhibir nada; las referencias comparecen con soltura, integradas en una prosa limpia que obliga a parar y volver sobre lo leído. En sus páginas no hay consuelos ni respuestas cerradas, sino el puro placer de ver un pensamiento lúcido en marcha, libre de prejuicios. Merece mucho la pena acercarse a él.

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