La estafeta literaria

MUCHO QUE APRENDER DE LOS AUTORES CLÁSICOS

por Sacha Yedkiy

Ante el ingente número de escritores —mis disculpas por el concepto—. Tal vez deba comenzar de nuevo.

El ingente número de junta letras y arribistas nacidos a la sombra; nunca mejor dicho; del amplio conglomerado de certámenes, concursos y festivales literarios, ha inundado el mundo de los libros, ¡vaya insulto! El desmedido interés de cientos de autores por darse a conocer, por presentar su obra al Olimpo Literario, por invitarnos en las redes sociales, día tras día, a leer su novela dado que es la mejor, que cubre todas las expectativas de la literatura actual, que figura en tal o cual posición de la lista; a todas luces manipulada; de otro Gran Hermano: Amazon. A cualquier escrito llaman literatura. Cualquier publicación es buena. La razón principal es vender, sobre todo y por encima de todo, vender ejemplares, ganar dinero gracias a su intelecto, a su creatividad. Que los comentarios y reseñas de su «obra» aparezca en blogs, revistas literarias de cualquier orden, para con ello presentarse en los mencionados festivales y así nadar en aguas de una auto imaginable entelequia.

Actualmente algunos autores y sus correspondientes editoriales, no se detienen en analizar con profundidad y dedicación, algunos aspectos necesarios e imprescindibles para considerarlo como un libro escrito dentro de los cánones actuales. No sirve cualquier idea nacida en un momento imaginativo. ¡No! Rotundamente no. Merece preparación de quien la escribe, sujetarse a las normas del lenguaje, su gramática, y sobre todo beber de las fuentes de obras de escritores consagrados, esos que algunos denominamos «literatos», entre ellos los clásicos.

Cierto es que la vanidad de quien escribe es necesaria para alimentar la continuidad en la difícil labor que se propone, pero hacerlo sin un bagaje cultural considerable por necesario, solo alimenta el ego y un resultado negativo: la poca o nula aportación cultural a la sociedad. Esa mínima cuota deriva en un desalentador futuro; me refiero a los lectores; al encontrar novelas, cuentos y relatos, con múltiples fallos estructurales, gramaticales y de otra índole, que provocan deseos para no seguir leyendo.

Hoy, estimado lector propongo una singular entrevista.


EN EL HOGAR DE Don RAMÓN DEL VALLE INCLÁN

Entrevista de Paulino Masip, publicada en la revista gráfica ESTAMPA el 27 de Noviembre de 1928.

Cuenta Pio Baroja en Las horas solitarias, que una dama extranjera, aristócrata e inteligente, le dijo en cierta ocasión que aborrecía el trato con escritores, porque son «como limones exprimidos». La frase es de una exactitud sorprendente, pero tiene sus excepciones, y una de ellas, magnífica, es la de D. Ramón del Valle Inclán. A D. Ramón habría que hacerle una interviú cada quince días, interviú-resumen de cuanto ha pensado y dicho en la quincena, y que no tiene nada que ver, o apenas, con sus libros. Sería la única manera de que no se pierda uno de los aspectos más curiosos, deslumbradores y apasionantes de la personalidad de Valle Inclán. Don Ramon tiene una cosecha de limones inagotable, y todos los días, en la mesa del café, o en su casa, ante el visitante, pone uno, fresco, intacto, recién cogido de su fecundo limonar. Su mano lo exprime, salta el zumo y no hay juego de surtidores comparable.

En estos días, D. Ramón ha publicado un libro y se ha mudado de casa. De la calle Santa Catalina, junto a la del Prado, en el barrio de los anticuarios, ha pasado a la del General Oraá, por las alturas del Hipódromo, a orillas de la Castellana, y no lejos de la estatua de Castelar. El siglo XIX persigue a Valle-Inclán. (¿Es que, en el fondo, hemos llegado al siglo XX?)

Cuando D. Ramón viene a mi encuentro, en el saloncito donde le espero, trae en la mano un ejemplar de su nuevo libro. Es para mí. Su cortesía de gran señor no acepta titubeos, y se da, desde el primer momento y de un solo brote. El libro se titula Viva mi dueño y es el segundo tomo de la serie del Ruedo Ibérico, que inició con La Corte de los Milagros.

—PM. El primero —digo— tuvo un enorme y merecido éxito. A éste le espera la misma suerte. Había verdadera ansiedad por conocerlo.

—RVI. Todos los libros que se refieren al siglo pasado, especialmente a la época isabelina, interesan mucho. Ahí están los éxitos de los libros del marqués de Villarrutia y de Lerma. Claro está, la gente ha advertido que los hechos no se producen sin más ni más, y se ha lanzado en busca de las raíces de los que ahora le preocupan. La curiosidad histórica es natural, en un pueblo, por pequeño que sea su instinto de conservación. Si la Historia no tuviera este valor de ejemplaridad no serviría para nada.

—PM. ¿Qué se propone usted, principalmente, en esta serie de novelas históricas?

Don Ramón yergue, con una sacudida, el magro cuerpo y contesta rápidamente:

—RVI. Burlarme, burlarme de todo y de todos. Ahora pausada, emocionada y gravemente:

—RVI. La Verdad, la Justicia, esas son las únicas cosas respetables.

Don Ramón se levanta y viene hacia mi para ofrecerme un cigarrillo egipcio que su única mano extrae hábilmente, de la caja metálica. Luego, continúa:

—RVI. Este género de literatura satírica tiene una gran tradición. Brantôme, por ejemplo, y entre nosotros y sobre todo, Quevedo. Muy curiosa y dentro de mi manera es la Crónica burlesca de Don Francesillo de Zúñiga, bufón de la corte de Carlos V. Habla en la crónica —probablemente apócrifa—de unas Cortes celebradas en Valladolid, Don Francesillo de Zúñiga, o quién fuere, va pasando lista a todas las

grandes figuras y viéndolas a una luz traviesa y zumbona. La literatura satírica es una de las formas de la canción histórica que cae sobre los poderosos que no cumplieron con su deber.

—PM. Estos dos tomos ¿están tratados como una sola novela?

—RVI. Toda la serie es una sola novela. La voy dando por volúmenes de trescientas a cuatrocientas páginas —ésta, como usted ve, ha pasado de las cuatrocientas— por ajustarme a las normas editoriales del día. No hay otra razón. Mi gusto hubiera sido darla íntegra en dos o tres grandes tomos. Por eso he huido de la división en episodios. Cada volúmen es un fragmento, que solo adquiere plena significación cuando va unido a sus compañeros. Este procedimiento hace que los tomos en si pierdan, acaso, intensidad e interés, pero la obra total ganará en perspectivas y matices.

—PM. Las novelas suelen tener un personaje principal…

—RVI. Las mías, no —me ataja Valle-Inclán con su juvenil vehemencia—. Todos son iguales. Cuando les llega su hora se destacan del fondo y adquieren la máxima importancia. Ya sé que al lector le molesta le abandonen al personaje que ganó su primera simpatía, pero yo escribo la novela de un pueblo, en una época, y no la de unos cuantos hombres. El gran protagonista de mi libro es el Ruedo Ibérico. Los demás sólo sirven mientras su acción es definidora de un aspecto nacional. La calidad externa del suceso o la anécdota me tiene sin cuidado. Lo que me interesa en su calidad expresiva.

—PM. ¿Qué elementos forman la base de sus libros?

—RVI. La luz y la acción. A un pueblo se le puede conocer por el medio que lo engendra y por el medio que lo expresa. Al Ruedo Ibérico le engendra la luz y lo expresa la acción.

—PM. Me parece, don Ramón que da usted a la novela valores dramáticos. Crea usted el escenario —la luz como elemento principal—, y en él van y vienen las figuras. Una novela suya es una sucesión de escenas dramatizadas así. A usted se le presiente, en una butaca, viendo el desfile.

—RVI. Esa es mi actitud. Mire usted. Hay autores que siguen a sus personajes como mendigos; otros, toman aire de perros olfateros; otros, van a su espalda como comadres curiosonas, y otros —aquí Valle-Inclán endurece la voz y sus barbas se disponen en una mueca despreciativa—otros, como en el caso de Proust, se convierten en verdaderos parásitos. Sí, sí, Proust, se pega a sus personajes como un parásito. Yo, no. Yo tengo a los míos siempre de cara y no los sigo. Un general no sigue los pasos de sus soldados. Lo tiene delante de los ojos, en los planos y ve, al mismo tiempo, dónde han estado y dónde es posible que estén, lo que es y lo que puede ser.

—RVI. Los ingleses —dice Valle-Inclán—aprovechan todas las coyunturas para llorar con esa sensiblería que llega a hacer tan insoportable a Dickens. Los franceses se entusiasman con sus personajes: los titulan vizcondes, los visten de chaqué, les dan aire gallardo y a triunfar en el mundo. El español está siempre un poco por encima de sus personajes. Es un demiurgo que mira a sus hijos, en el caso más benigno— con benevolencia de ser superior. Cuando siente ternura por ellos procura no demostrarlo o da a sus expresiones un toque burlón. Si un francés hubiera escrito el Quijote, a cada paso les estaría llamando: «¡Oh, mi héroe, mi

héroe!» extasiado ante sus hazañas. Cervantes, en el fondo, admira a don Quijote y siente por él una gran ternura, pero tiene el pudor de sus sentimientos y no lo deja traslucir. La crueldad, la indiferencia ante el Dolor, es una cualidad muy española. Se ha querido comparar a Rusia con España. No hay nada de eso. Todo ruso reacciona ante el Dolor como si lo acabara de descubrir, como si lo hubieran fabricado expresamente para él. Por eso le conceden tanta importancia y se entregan a él con esa voluptuosidad. El español es cruel por escepticismo. Sabe que el Dolor ha existido siempre y siempre existirá, que, como el Sol, amanece para todos. Siendo así, no vale la pena de tomar actitudes violentas y lo dejan pasar, encogiéndose de hombros.

—RVI. Mire usted—me dice don Ramón—; ha venido a España un escritor alemán con el encargo de hacer un libro sobre la generación del 98. El otro día fue en mi busca a la tertulia del Regina, y comenzó a hacernos preguntas para orientarse un poco. Rígido, como buen alemán, se taría clavados en la frente el nueve y el ocho, y no había manera de hacerle entender las cosas. Yo le dije: «¿qué cuarto es ese del 98? ¿Por qué soy un escritor del 98? Será del 98 el escritor que encontró en aquella fecha su definitiva expresión y la refuta a lo largo de los años, pero el escritor que cambia y se renueva y se transforma es del 98 y de 1928.

(Esta teoría de don Ramón me parece extraordinariamente justa y oportuna. Recójanla los literatos del último minuto.)

EL HOMBRE

El salón donde se celebra esta entrevista se ha cuajado de sombras con la caída de la tarde. En la obscuridad, casi absoluta, sólo hieren mis ojos los brillos blancos de la barba y la melena de Valle-Inclán.

La silueta menuda de uno de los hijos de don Ramón se destaca en la puerta.

—Anda —le dice el ilustre escritor—, ve a decir que den la luz. Yo no se aún dónde está la llave.

Poco después entra la esposa de don Ramón.

—¡Por Dios! ¿Están ustedes a obscuras? ¿Por qué no has avisado?

Con la luz, acuden los hijos de Valle-Inclán, de vuelta del paseo o del colegio, a saludar a su padre, con un beso. A mí, me tienden la mano gentilmente.

—¿Cómo está?

Don Ramón tiene cinco hijos. El menor es una nena, Maria Antonia, de cuatro años. Los otros van en escala hasta Conchita, la mayor, que es ya una señorita.

—¿No ha venido ESTAMPA, mamá? —pregunta uno de ellos.

—No, no ha venido aún —contesta la señora—¿Ve usted? Dice, dirigiéndose a mí—. En esta casa, ESTAMPA es una obsesión. Esta pregunta se repite todas las semanas treinta veces. Mis hijos y yo esperamos su revista como un regalo.

La esposa de Valle-Inclán es Josefina Blanco, actriz, antes de su matrimonio, en la compañía de Maria Guerrero, como todo el mundo sabe. Josefina era una admirable intérprete de nuestro teatro clásico. Su recuerdo está vivo en la escena española.

—No, no hable uste de mí se lo ruego—me dice atajando mis preguntas—. Yo soy una mujer insignificante, obscura, que vivo feliz, en mi hogar, entregada al culto de mi marido y de mis hijos y no quiero salir de ahí.

—El interés que despierta la gran figura de su esposo se contagia a todo lo que está cerca de él. Usted en primer término.

—Yo no cuento, yo no quiero contar. Estoy encantada con mi papel—dice, dulcificando la negativa con una sonrisa.

—Una sola pregunta: ¿Guarda usted buen recuerdo de su carrera teatral?

—Me sirvió para conocer a mi marido.

La entrevista ha terminado.

—Espere usted un poco y salimos juntos —me dice don Ramón. Y ahora su esposa.

—¿No quiere usted tomar algo?

—No, muchas gracias.

—Si, un vaso de leche. Es una leche muy buena que traen a casa. Se lo traigo Es tan cordial, tan amable y efusivo el ofrecimiento, que no puedo negarme

(Un aparte. Al lector no le interesa saber que yo estoy a régimen lácteo, pero, sabiéndolo, comprenderá mejor hasta que punto rebosa, este hogar ilustre de simpatía humana).

—¿Es buena?

—Magnífica —digo y siento.

Poco después, en la Castellana, con rumbo a Alcalá. Mientras andamos, a paso rápido, don Ramón habla:

—RVI. El teatro de Lenormand no tiene, en absoluto, nada que ver con el teatro de Calderón…

Pero la interviú, a pesar mío, tiene que terminar.

Paulino MASIP.



Leer esta entrevista a uno de nuestros autores clásicos, rebosa cultura y conocimiento de cuanto rodeó al insigne Don Ramón del Valle-Inclán.

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