Mi burla estratosférica

El número 13 no me gusta

por M. Torresano

Estimados lectores, lo que iba a ser un ensayo jocoso sobre Cipolla será la historia de mis desventuras. A este buen hombre lo dejo para otra ocasión. Verán ustedes, soy un señor de más de medio siglo al que le gustan en exceso el vino y las mujeres, y estas dos cosas a ciertas edades pueden ser causa de muerte o de un pequeño bache de salud. La cuestión es que hace unos días conocí a una diosa rubia curvona. Aquello era contemplar Les Lacets de Montvernier. Mi sangre hervía como la del  ciclista ávido por coronar esa etapa, deseaba alcanzar su cumbre y tirarme de la bicicleta de cabeza al bebedero (eso ha sonado muy vulgar). Busqué la forma de entrarle a ese bellezón, porque sí o sí tenía que llevármela al huerto. A todos nos encanta hacernos pasar de vez en cuando por un caballero, duque o vizconde. En mi caso más bien el conde de Pork. Me tomé otro vino de los potentes mientras soltaba por mi boca una retahíla de sandeces de las que no quiero acordarme. Menuda jumera cogí. Me vinieron a la cabeza las reprimendas de mi madre cuando veraneábamos en un pueblecito de la costa andaluza y la hija de la vecina, más mayor que yo, me tenía la mente enferma. Un día estaba yo escondido tras la persiana espiando sus movimientos mientras tendía ropa. Cada vez que se agachaba asomaban las calzonas, así las llamaba mi madre. Lo de bragas para ella era obsceno. La verdad es que eran unas bragas muy bonitas que me hacían soñar en húmedo y con la nuca hinchada de los pescozones que me habían llovido tras la persiana. Sabía que mi madre venía antes de que llegara, inconfundible ese olor a colonia vieja: «ya estás otra vez con tus perversiones, de cabeza al seminario irás el próximo curso». Menos mal que mi padre era más listo y nunca claudicó a las peticiones insanas de mi madre. Aquella noche ahumado como iba me acordé de los pescozones y de las reprimendas. Estaba igual de soliviantado viendo curvas que braguitas. Conseguí que esa diosa veinte años más joven aceptara la invitación del conde de Pork y me la llevé a casa. Les ahorro detalles obscenos porque mañana me caerá una buena. Les puedo decir que la noche se saldó con el paso por el hospital y claro, tuve que llamar a la única persona que me hace caso en emergencias. Después de aguantar la reprimenda bien merecida, me castigó a leer en mi corta estancia en el hospital.  Y aquí estoy, desvelado, en desabillé, en compañía de un señor roncando como una morsa y con una carga de paracetamoles y otros venenos corriendo por la sangre. «La novela número 13» del señor Wenceslao es lo primero que encontró mi querida amiga en su biblioteca, o eso dice, no me lo creo. Es una castigadora nata. Buscó y rebuscó algo que me diera tarea. Wenceslao era un tipo majo, gallego. En 1910 inició su carrera literaria con una copiosa producción. Toda su obra es de una finura exquisita, sutil ingenio y agudo humorismo. Los tintes políticos son muy claros, no voy a entrar en este tipo de temas espinosos. Pienso que hay que ser objetivo con las lecturas y aparcar nuestras ideologías y religiones para ampliar horizontes literarios. Wenceslao cuenta las andanzas del policía inglés Charles Ring en la España roja, enfrentándose a una caterva de gobernantes y milicianos ladrones, asesinos, cobardes y envidiosos, caricaturas exageradas y de mala fe. Un ataque  al bando republicano en toda regla.

Reconozco que me divierten las exageraciones, pero no esta en concreto, sino todas. La burla, entre o sin comillas, forma parte de nuestra sociedad. Nos reímos de los tontos, los obesos, los lisiados, somos crueles, clasistas, malas personas, todos nosotros. Y el que esté libre de pecado que tire la primera piedra. ¡Uy!, algún majagranzas ha tirado una piedra. Siempre habrá alguno.

Lo que les quería decir…una cosita…que Wenceslao era un tipo importante, un gran escritor, pero esta no es de sus mejores obras, vamos, que si lo ven oportuno no vayan a esforzarse en leerla que se me cabrean. Tengo ganas de fumar y estoy en un hospital junto a un tipo que ronca, ya lo sé, lo dije antes, pero soy repetitivo. Y ahora mismo podría estar fumando Dunhill en mi terracita, viendo la Gran Vía en silencio, la nuit madrileña. Eso me pasa por ser el conde de Pork. Mañana sonará temprano el teléfono: «Querido, cállate, venga. No paras de meter la pata». Les hago una reverencia y me despido de ustedes, no sé si me seguirán dejando pasar por aquí. Soy un irreverente, impresentable y soez.