Ladran, luego cabalgamos

bibliomanía

En 1996 empecé a estudiar una carrera que creo que ya no existe: Biblioteconomía. Ahora la llaman Información y Documentación. En aquellos años estudiar para gestionar una biblioteca era una carrera para bichos raros. Tuve la suerte de oler los libros viejos, no existía Internet y se buscaba todo en la biblioteca a pie de trinchera (ahora todos ellos crían polvo en las estanterías). Algunos profesores te dejaban en un carro montones de libros con tapas duras y hojas amarillentas, manuales de referencia y enciclopedias que olían a gloria, a inteligencia e inquietud dejadas en sus páginas, a estudiantes apurados de tiempo, a ganas y desgana, a todo y a nada, a cultura, en resumen, a vida. Y allí, en la biblioteca te juntabas con tus compañeros de clase horas y horas, peleando por pillar uno de esos ejemplares para terminar los trabajos infinitos que teníamos. Después estaban las asignaturas, que me pregunto donde habrán quedado: historia del libro, de la escritura y de las bibliotecas, paleografía, historia de la ciencia, bibliografía, etc. Todavía recuerdo el olor de todos aquellos libros y las horas que dejé en sus páginas, los documentos de la Cancillería y del Reino de Castilla que pasaron por mis manos para transcribir, era fascinante. Esas horas de las tardes en que nos daba clase un catedrático especialista en paleografía que llevaba una colonia que olía a maderas y romero, ese perfume me encantaba. Me resulta difícil explicar como aquel aroma me transportaba a tiempos atrás, incluso más allá de mi ahora, a otra vida de monasterio y libros manuscritos y miniados. Era un placer escucharle contar los secretos que se escondían en esas letras ilegibles que al principio no podía ni descifrar y acababas teniendo un orgasmo cuando eras capaz de leer de un tirón. Los libros… esos seres inertes y tan vivos que nos hacen viajar a países y épocas que no hemos conocido. Podría contar muchas anécdotas de mis lecturas a lo largo de mi vida pero no cabría aquí. Los libros me salvaron la vida, me alegraron, me quitaron penas y soledad, me hicieron soñar, aprendí de ellos, lloré, reí, me enfadé. Un agosto decidí tomarme unas merecidas vacaciones. No salí de casa. Me levantaba a las cinco y media o seis, sacaba la perra a pasear y de vuelta compraba la prensa, cuatro o cinco periódicos, entre nacionales y locales. Subía a casa, me daba una ducha, preparaba el desayuno para disfrutar de la prensa en la terraza, al fresquito, y a media mañana cuando ya empezaba Lorenzo a llamar a la humanidad para hacerse notar, en casa se bajaban las persianas y comenzaba el maratón de lectura. Me cansaba de sofá, me echaba en la cama y cuando me hartaba de cama sacaba un colchón plegable y junto a la perra buscaba los rincones frescos del piso para seguir leyendo. Si me invadía el sopor me echaba una siesta y soñaba con las historias de los libros: Odisea, Ilíada, Aníbal, las guerras Púnicas… fueron las primeras, dormía la siesta y allí se libraban batallas infernales. Las historias se extendían a mis horas oníricas. Lloré mucho con «La romana», por ejemplo. Me acostaba por las noches a lágrima viva, me conmovió. «El jinete polaco» me hizo vivir en tierras andaluzas por las que nunca he pasado, pasar calor, oler los campos, escuchar los sonidos de un pueblo. En 31 días leí 31 libros. Es mi récord. Quería seguir, pero llegó septiembre y tuve que bajarme del tren literario para apearme en la triste realidad. Reconozco que no me acuerdo de muchos de los libros que he leído a lo largo de mi vida, ¿por qué? Simplemente porque no me calaron, si los veo en una estantería sé que los he leído, igual recuerdo por encima la trama, pero no me hagan recordar título y autor, se borraron de mi disco duro. Otros dejaron tanta huella que siguen viviendo en mí. Y esos siempre los recomiendo. Os parecerá infantil, pero hay una obra que es totalmente imprescindible para el niño que comienza a leer «El Principito». Si algún adulto que lea este artículo no ha cumplido con este deber, que corra a vacunarse contra esa dolencia inmediatamente. Es una lectura para hacer antes de que nuestras estructuras mentales cierren compuertas, que eso ocurre sobre los seis años. Hay libros que deben ser de obligada lectura antes de esa edad, son la simiente de un buen cultivo. No les voy a recomendar nada, porque la lista no acabaría, hoy en día hay tantos lectores como escritores y no se puede estar en todo. Lo importante es leer, cura la ignorancia, entretiene y enriquece. Así pues, sin más, les invito a leer.

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